Hay títulos que se definen en sólo minutos, lo sabemos. Hay esos momentos epifánicos, que dividen a los buenos de los grandes, a los respetados de los admirados, a los profesionales de los ídolos. Y son momentos impredecibles: no son necesariamente una final, una última fecha, un instante previo a la vuelta olímpica. Pueden ocurrir semanas, meses incluso, antes de que se concrete la gloria. Pero cuando ese momento se ha vivido, esa gloria ya se intuye, ya se siente.
Uno de esos momentos lo vivió el plantel de la Universidad Católica 1984 cuando recién se enteraba la mitad del campeonato de ese año. En un clásico más contra la Universidad de Chile. Pero antes hagamos un poco de historia.
18 años de sequía...
Sí, 18 años sin ser campeones del fútbol chileno. Tras el título de 1966, las vacas flacas: campañas paupérrimas, e incluso un triste paso por la segunda división, en 1974-75. La vuelta a primera y la mediocridad como sino. Católica no fue jamás animador de la lucha por el título, en esos tristes años.
Pero los dirigentes no pierden la cabeza. Gestionan el regreso al club de uno de sus símbolos máximos, Ignacio Prieto, ahora como director técnico, y se forma un equipo muy talentoso, muy joven y muy inexperto. 1983 repite la tónica: la UC fuera de la conversación por el título, que es diálogo exclusivo entre Colo-Colo y Cobreloa. Pero la base está ahí y los muchachos se van convirtiendo en hombres. Marco Cornez se torna un sólido golero, René Valenzuela se consolida en su función de último hombre, Rubén Espinoza es una revelación como lateral derecho, el mediocampo cuenta con el despliegue de Patricio Mardones y el talento de Miguel Angel Neira, Osvaldo “Arica” Hurtado madura como un goleador inclemente, y como punteros aparecen el uruguayo Alexis Noble y otra figura emergente, el alero derecho Juvenal Olmos.
Todo, completado por la estrella de esta UC: Jorge Aravena, más conocido como el “mortero” por su terrorífico golpe de zurda. “No diga Aravena, diga gol”, titula la revista Deporte Total, y en la prensa de la época se multiplican los reportajes sobre los infalibles tiros libres del cañonero. Desesperados, los arqueros rivales prueban todo tipo de fórmulas para detenerlo, desde ubicarse en el mismo palo que cubre la barrera, para evitar su clásico disparo sobre ella, hasta el suicidio de no formar barrera, para “quitarle el punto de referencia”. Pero Aravena es imperturbable, y cualquier falta en las cercanías del área es celebrada con alborozo por los parciales cruzados: no importa si fue penal o tiro libre, de todos modos el gol es seguro.