Fueron siete goles. Siete contra sólo uno, los que recibió Universidad Católica en su propio estadio de Independencia, frente a Santiago Wanderers. Y entonces, todos, en verdad todos —periodistas, hinchas, jugadores rivales— pensaron que la UC se había derrumbado definitivamente. Que, como un boxeador cansado de visitar la lona, se quedaría esta vez durmiendo el sueño dulce del nocaut.
Pero los futbolistas cruzados pensaban otra cosa. Es que ese año habían caído muchas veces, sólo para levantarse fortalecidos: podíamos recordar ese 0-6 terrible contra el mismo Wanderers en la primera rueda. O pensar en las dos derrotas (con Colo-Colo y Magallanes) que aquietaron ilusiones cuando el torneo recién comenzaba. O remontase aún más atrás, antes del inicio del torneo, en una poco auspiciosa jira por Centroamérica (así, con jota, se escribía en la época). No era éste, sin duda, el elenco abrumadoramente superior que había ganado con comodidad la primera estrella, la del ’49. Volviendo al símil boxístico, si ese elegante cuadro liderado por Moreno recordaba a Rocky Marciano o Joe Louis (la potencia incontestable en los puños), este equipo del ’54 más se parecía a sus contemporáneos Sugar Ray Robinson o Jake La Motta: esos pesos medianos capaces de caer una y otra vez, sólo para levantarse y definir la pelea a puro coraje. Así fue Católica. Así se levantó una y otra vez para terminar ganando uno de los campeonatos más parejos que hasta entonces registraba el profesionalismo chileno. En verdad fue un torneo que estaba para cualquiera. Colo-Colo, campeón en 1953 bajo la batuta de los sensacionales hermanos Robledo, era el favorito. También aparecía con fuerza Wanderers, que ya preparaba a sus históricos Panzers. Audax contaba con un equipo de temer. Y sorpresivamente, Ferrobádminton estructuró una gran campaña, contando con la ofensiva más goleadora del torneo. Además, el formato del torneo obligaba a redoblar esfuerzos: por primera vez existía el descenso automático para los cuadros de peor campaña, lo que volvía fiera la lucha por la sobrevivencia. Y a las dos ruedas tradicionales (26 fechas), se agregaba una “tercera rueda”, en que se enfrentaban por separado los aspirantes al título y los que pretendían evitar el descenso. El resultado: una carrera de resistencia, de 33 partidos de largo.
Y el equipo católico hizo una carrera digna del mejor fondista: partió cuidándose, en medio del grupo, dejando desgastarse como líderes, primero a Wanderers, y después a Colo-Colo. Fue recién en la fecha 23 que la UC dio el zarpazo y se apoderó del liderato, al ganar 3-1 a Palestino y superar a los albos.
El embalaje final fue cerradísimo. Católica entró a la “tercera rueda” con sólo un punto de ventaja, y lo mantuvo pese a no cumplir una gran campaña: perdió con Audax, empató con Ferro, con Green Cross, con Magallanes... pero esta era una guerra de golpe a golpe y Colo-Colo también caía, también dejaba puntos vitales...
Hasta que llegó el final. Por un guiño afortunado del calendario, la última fecha enfrentaba a los dos candidatos: Católica (42 puntos) y Colo-Colo (41). Lo que pasó ahí, merece ser contado después de un punto aparte.